España en la historia

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España en la historia

UNREAD_POSTpor Jose Vergara » 22 Mar 2009, 15:30

FUENTE: Pío Mora. Presente y pasado
FECHA: 8 de Marzo de 2009

De entrada, España se nos presenta como un país de Europa tanto en sentido físico (una de sus tres grandes penínsulas del sur) como cultural. Los movimientos políticos, intelectuales, espirituales y artísticos que han configurado lo europeo han moldeado también a España: el imperio romano, el cristianismo, los reinos germánicos, el románico, el gótico, el renacimiento, el barroco, la ilustración, el liberalismo, los movimientos utópicos... Cierto que esos elementos europeos comunes coinciden con una recia diferenciación entre las naciones del continente, y dentro de ellas España es una de las más peculiares, posiblemente por haber sido el único pueblo –con el ruso, en menor grado, y algunos balcánicos– que se ha forjado nacionalmente en una larga pugna con una cultura y religión extraeuropeas. Ese proceso no pasó sin dejar huellas notables de la cultura árabe derrotada, si bien cabría considerarlas escasas para un contacto tan prolongado. Otra decisiva peculiaridad hispana ha sido su expansión ultramarina, mundial, en los siglos XVI-XVIII, un fenómeno que solo Portugal e Inglaterra han compartido en proporción similar. Por otra parte encontramos curiosas afinidades con Polonia e Irlanda como países católicos de frontera. O con la misma Rusia, al otro extremo del continente, por cuanto ambas sufrieron una invasión musulmana, emprendieron su expansión imperial por la misma época y tuvieron una ilustración y un liberalismo débiles si los comparamos con la Europa centrooccidental, así como una impronta comparativamente fuerte de las ideologías utópicas en los siglos XIX-XX. No obstante, las diferencias con Rusia parecen más profundas que las semejanzas. Francia es el país europeo del que ha recibido España mayor influencia desde la Edad media hasta la segunda mitad del siglo XX. Desde entonces el influjo anglosajón viene prevaleciendo, y cada vez más.

Dentro de Europa percibimos enseguida tres grandes ámbitos culturales, el germánico, el eslavo y el latino, y en ellos también hegemonías de las distintas iglesias cristianas: protestantes en los países germánicos (excepto Austria y la mitad de Alemania); ortodoxa griega en los eslavos (menos algunas católicas, como Polonia o Croacia); católica en los latinos (salvo la ortodoxa Rumania). España se inserta en un ámbito latino bien definido, con Portugal, Francia, Italia y Rumania. Las afinidades idiomáticas del español con el italiano y el portugués son muy fuertes, haciendo fácil el aprendizaje mutuo; bastante menos con el francés o el rumano. Unos 850 millones de personas en todo el mundo hablan hoy lenguas derivadas del latín: uno de cada ocho habitantes del planeta, herencia directa de Roma. Cerca de la mitad de ellos corresponden al español, la lengua latina más extendida y la segunda más hablada del mundo occidental.

España es también una de las pocas naciones europeas –con Portugal, Inglaterra, Rusia y Francia– que han creado un vasto y duradero espacio cultural propio; en el caso español, sobre todo en América, con enclaves o restos en África, Asia y Oceanía.

Físicamente, España es el país más extenso de Europa occidental, después de Francia, y el cuarto incluyendo Rusia y Ucrania; y probablemente, el más variado, y uno de los más variados del mundo. En él es posible andar casi mil kilómetros entre montañas, bosques y verdor, desde el cabo de Creus al de Finisterre, o cientos de kilómetros por tierras llanas, poco arboladas y bastante secas, en las dos grandes mesetas centrales; asimismo sus climas y su flora cambian extraordinariamente de norte a sur, desde la verde Galicia a la semidesértica Almería. Sus archipiélagos canario y balear encierran a su vez notable diversidad entre unas islas y otras.

Aun con su variedad, España es un conjunto geográfico unitario y diferenciado, quizá el más unitario y diferenciado después de las Islas británicas. De hecho, la Península ibérica forma casi una isla, con un istmo comparativamente estrecho y formado por una abrupta cordillera que estorba la comunicación casi tanto como un brazo de mar. Junto con las otras dos grandes penínsulas europeas del Mediterráneo –la itálica y la griega (más bien que los imprecisos Balcanes)–, compone un ámbito geofísico muy diferente de la gran llanura húmeda, cruzada por anchos ríos navegables, que configura la mayor parte del continente desde los Pirineos hasta los Urales: las penínsulas ofrecen tierras más montañosas, de clima más cálido y seco. De las tres mediterráneas, la Ibérica es la mayor, la menos lluviosa y la más claramente definida.

Cabría esperar que, por estas causas, las convulsiones y choques militares, políticos y culturales habrían sido continuos. Y no han faltado, en efecto, pero, sorprendentemente, España ha sido en muchos aspectos uno de los países más estables de Europa. Su mismo nombre, muy antiguo, ha persistido a través de más de dos milenios desde la Antigüedad clásica, caso –junto con los de Italia y grecia– muy raro tanto en Europa como en el norte de África. Los nombres de Francia, Alemania, Inglaterra y los del norte, este y centro de Europa, corresponden a épocas bastante posteriores, y se relacionan con la expansión post tomana de los pueblos germánicos y eslavos. La permanencia del nombre Hispania-España no es un mero azar, encierra una opción político-cultural frente a intensas presiones históricas opuestas: pudo haber sido sustituido por Gotia, como la Galia pasó a ser Francia; o, más decisivamente, por Al Ándalus.

Por otra parte, si los aportes foráneos en estos dos mil años han tenido peso menor desde un punto de vista demográfico, no cabe decir lo mismo de la relevancia política o cultural de varios de ellos, así los romanos o los visigodos; en cuanto a los árabes y berberiscos, estuvieron muy cerca de cambiar radicalmente la historia de la península; y la más reciente invasión napoleónica tuvo también profundos efectos políticos, aunque demográficamente muy escasos.

De todos ellos, no hay duda de que la trascendencia mayor fue la de los romanos. Si observamos la sociedad actual percibimos de inmediato el origen latino de sus rasgos definitorios. El castellano, idioma común español, es un latín transformado, y también lo son los demás idiomas regionales, con la excepción del vascuence, idioma pre indoeuropeo. La impronta latina no se limita al idioma, abarca también el derecho, costumbres, el arte, la urbanización y las comunicaciones creadas entonces, etc. Incluye asimismo, de modo algo más indirecto, la religión, un rasgo clave, históricamente, en la configuración de las sociedades, y todavía en nuestra época. La gran mayoría de la población sigue declarándose católica como a lo largo de más de quince siglos, aun si hoy su índice de práctica es bajo. Esta religión también llegó a la península y se propagó por ella en tiempos de Roma.

El catolicismo no es un fenómeno anecdótico, pues ha desempeñado un papel cultural y político esencial en la historia del país, y muchos que se declaran ateos o incluso anti católicos no dejan de estar impregnados de esa cultura, al modo como numerosos judíos de Israel no son religiosos o se proclaman ateos, pero permanecen culturalmente en el judaísmo. El catolicismo, entre otras mil cosas, se manifiesta en la multitud de iglesias que son los edificios centrales y a menudo los más bellos, de los pueblos: baña, por así decir, a la sociedad, como se muestra en sus monumentos, creencias y expresiones populares, arte y actitudes. Incluso el odio apasionado profesado al catolicismo por un número considerable de españoles, que ha desembocado en tiempos recientes en una de las persecuciones religiosas más sangrientas de la historia, expresa de modo negativo ese hecho histórico. Aunque, obviamente, el catolicismo predominante en la sociedad, la cultura y la historia del país no significa que todos los habitantes lo compartan ni que deban compartirlo para considerarse españoles.

Por todo ello no hay exageración en decir que, de no ser por Roma, España no habría llegado a existir y la historia de los habitantes de la península habría sido radicalmente distinta. De la fortaleza de esas raíces da idea el proceso llamado Reconquista, tras la completa invasión musulmana de la península, caso excepcional, pues raramente una nación invadida por el Islam ha retornado a su cultura anterior. La Reconquista reintegró la península al ámbito latino y europeo, apartándolo del afroasiático al que durante dos siglos pareció abocada y durante dos más con la balanza indecisa.

Por consiguiente, una historia de España ha de empezar de modo necesario por la latinización. Antes de ella no solo las noticias son comparativamente muy vagas, sino que el territorio estaba poblado por grupos humanos muy diferentes en idioma y cultura, y poco amigos entre sí, aun si compartieran parecida "herencia temperamental".

Estos rasgos físicos han tenido influencia cierta en la historia de España, dificultando las comunicaciones o la producción agraria por comparación con los países más al norte, aunque al mismo tiempo hicieran la vida más llevadera en otros aspectos, por el clima en general más templado y amable, y sus frutos más variados.

Comparada con las otras dos penínsulas europeas del Mediterráneo, la Ibérica se caracteriza por una posición geoestratégica de especial relevancia, abierta al mismo tiempo al Atlántico y al Mediterráneo, los dos mares de mayor tráfico cultural, comercial y político de la historia –al menos hasta hace muy poco–, y casi tan cerca de África como Grecia de Asia. Esta señalada posición geopolítica ha influido de modo decisivo en los avatares históricos del país. En él han repercutido con fuerza los procesos históricos mediterráneos y atlánticos, haciendo de España al mismo tiempo un puente y una barrera, lugar de afluencia natural, bélica o pacífica, de poblaciones desde el norte, el sur y el este. De hecho la península pudo haber pasado del ámbito cultural europeo al afroasiático en dos ocasiones decisivas, y en buena parte así ocurrió durante varios siglos de la llamada Edad Media. Si ha predominado la cultura europea se debe a una esforzada decisión colectiva, cuyo éxito no estaba en modo alguno predeterminado.

Hispania fue el nombre con que conocieron a la península los romanos, y se supone –sin certidumbre– derivado de una palabra fenicia de significado inseguro, pues los especialistas lo han traducido de modo tan diverso como "Tierra de conejos", "Tierra (o costa) del norte" o "Tierra de los metales". A su vez, los griegos llamaron Iberia a la península, sobre todo a su parte mediterránea, nombre que se conserva asimismo. También se ignora el significado de la palabra, aunque pudiera tener relación con la usada por los naturales para llamar a los ríos (conservada en el río Ebro). Curiosamente, Iberia llamaron también los griegos a una región del istmo caucásico aislada del mar y sin la menor relación aparente con nuestra península. Iberia quedaría como denominación solo geográfica, mientras que Hispania adquiriría andando el tiempo una significación cultural y política de extraordinaria densidad.

Algo similar, aunque en mucha menor medida, ocurre con las fronteras. A lo largo de la Edad Media, España sufrió una inestabilidad crónica y la inseguridad de si terminaría, política y culturalmente, como país oriental-norteafricano o europeo. Pero llegada la Edad moderna, sus fronteras han resultado mucho más firmes que las de casi todo el resto de Europa. En su forma actual proceden de mediados del siglo XVII, con la mutilación de algunas zonas más allá de los Pirineos, pero conserva básicamente las establecidas al final de la Reconquista con la incorporación de las Canarias, a finales del siglo XV, y la reincorporación de Navarra a principios del XVI. La frontera con Portugal también permanece estable en lo esencial desde que el vecino país se separó del reino de Castilla y León a principios del siglo XII y continuó desde entonces independiente, salvo por una breve interrupción de 60 años en los siglos XVI-XVII. Por contraste, las fronteras de Italia, Bélgica, Holanda, etc., datan del siglo XIX, las de Suecia y Noruega de principios del siglo XX, de 1922 las del Reino Unido, de 1945 las de Alemania, Polonia, Hungría o Rumania, e incluso Francia experimentó rectificaciones significativas en el siglo pasado; y aún son más recientes las de naciones creadas o reconstruidas hace pocos decenios, como Chequia, Eslovaquia, Ucrania, Bielorrusia, Croacia, Serbia, etc. La prolongada estabilidad de las fronteras españolas constituye igualmente un caso excepcional en Europa. España no sufrió más que una invasión real en los últimos cinco siglos, mientras que solo en siglo XX muchos otros países del continente han sufrido al menos dos.

Étnicamente, la población española guarda una notable homogeneidad: pueblo mediterráneo con una pequeña aportación céltica y germánica. Al despuntar la historia, los pobladores de la península se distribuían, según la tradición, en "íberos y celtas". Los primeros, de lengua no indoeuropea, se extendían desde el Ródano hasta el sur de Portugal; en el resto de la península, salvo algunas zonas cantábricas y pirenaicas, las lenguas parecen ser indoeuropeas, resultado de la aculturación de una población anterior sometida por tribus celtas, algo que acaso ocurriera también con los íberos. Se trataba de etnias muy fragmentadas en tribus diversas y con frecuencia hostiles entre sí. Es esta población anterior a la llegada de Roma la que sigue configurando hasta el día de hoy la base étnica española, pues las variadas aportaciones externas posteriores no llegaron en ningún caso al 10% de la población local, aunque la matizaran notablemente.

Así vinieron semitas fenicios y cartagineses, griegos, contingentes bastante más significativos de latinos y, con ellos, grupos de judíos, sirios o galos. Otra aportación considerable llegaría de las invasiones germánicas a la caída de Roma; y de la posterior invasión de beréberes y árabes; también llegó un número de eslavos, generalmente en condiciones de esclavitud, sobre todo a Al Ándalus. A lo largo de la Reconquista entraron contingentes de franceses y de otros lugares de Europa, y posteriormente los gitanos. Desde el siglo XVII no se producen más entradas importantes de grupos étnicos distintos hasta finales del siglo XX y principios del actual. Cabe señalar que todos esos grupos humanos se disolvieron cultural y étnicamente en la masa originaria hispánica, con la excepción de los judíos, los gitanos y los moriscos, los cuales siempre permanecieron como comunidades aparte, habiendo sido expulsados en gran parte los judíos y los moriscos, a finales del siglo XV y principios del XVII respectivamente. Hoy el país recibe una nutrida inmigración de Hispanoamérica, el Magreb, Europa oriental y el África negra, y también, en condiciones distintas, de Europa occidental, sin poder predecirse su grado de permanencia e influencia demográfica y cultural.

Harto mayor relevancia han tenido otros movimientos migratorios internos que han borrado los límites de la época prerromana, uniformizando profundamente la población. Sin duda ocurrió un intenso proceso de mezcla y cambio demogeográfico durante los seis siglos largos de dominio latino, a través del comercio, la milicia y otras interrelaciones facilitadas por la red de calzadas construidas por Roma, disolviéndose con ello la vieja división de íberos y celtas. Durante la Reconquista se produjo una considerable emigración de sur a norte (mozárabes) y otra mucho más prolongada e intensa de norte a sur, con la repoblación de las dos Castillas y Andalucía, Canarias, en menor medida Levante y las Baleares, por gentes de la cornisa cantábrica y subpirenaica, también algunos del norte de los Pirineos. Lo mismo cabe decir de las islas Canarias. Estos movimientos y fusiones continuaron de modo menos espectacular, pero permanente y continuo, durante la Edad Moderna, hasta que a finales de los siglos XIX y durante el XX se producen nuevos y masivos desplazamientos del campo a la ciudad y de unas regiones a otras, que aumentan la homogeneidad predominante heredada del pasado.

El aspecto físico de los españoles es muy similar en todas sus regiones, y entre los antecesores de cualquier persona de cualquier lugar de España encontraremos casi siempre a individuos llegados de los más variados puntos del país. El caso de un "íbero" un "celta" o un "vascón", cuyos antepasados hayan permanecido todos sin mezcla y en la misma región o provincia desde tiempos prerromanos debe de ser excepcional, si acaso existe alguno. Una idea de este proceso, algo tosca pero indicativa, puede dárnosla el hecho de que los apellidos predominantes en todas las provincias españolas, sin excepción, son los mismos: García en primer lugar, seguido de López, Martínez, Rodríguez, González, Fernández, Sánchez, Pérez, etc., en uno u otro orden. Los apellidos terminados en –ez parecen tener, curiosamente, origen visigodo, significando "hijo de": la gran mayoría de esas terminaciones se añade, en efecto, a nombres germánicos. Según otras teorías, el sufijo tendría origen prerromano.

¿Qué relevancia tiene esta homogeneidad étnica hispana? Para autores como Sánchez Albornoz, la tendría muy considerable, ya que habría conformado una "herencia temperamental" o anímica, manifestada en muchas actitudes y comportamientos variables, pero identificables a lo largo de los siglos. No se trata del Volksgeist, del "espíritu popular" –algo se le parece–, pues el historiador rechaza cualquier carácter estático y demasiado permanente de esa herencia. Ciertamente hay un fondo de verdad en el supuesto de Sánchez Albornoz, y basta viajar por cualquier país europeo para percibir sus peculiaridades de estilo o espíritu, a veces muy acusadas, probablemente originadas en su composición étnica y moldeadas por su particular historia. Cabría sostener que los numerosos episodios bélicos y aventureros de la historia de España han forjado un carácter peculiar, y hasta que la gran tradición pictórica española se manifiesta ya de algún modo en las magníficas pinturas de Altamira, etc.; pero, sin negar su posibilidad, se trata de rasgos difíciles de captar con alguna precisión, demasiado vagos y propicios a la especulación imaginativa como para sentar sobre ellos teorías sólidas. Un ejemplo: Sánchez Albornoz y otros han insistido en los rasgos temperamentales comunes entre la población andalusí y la cristiana. Quizá sea así, pero esos rasgos fueron matizándose y cambiando bajo la impronta política y cultural musulmana. De haberse impuesto Al Ándalus, habría hecho de España lo mismo que de las sociedades cristianas y latinizadas o helenizadas del norte de África o de Oriente Próximo: poco más que arqueología. Vale la pena señalar esa esencial continuidad étnica y la intensa mezcla interna a lo largo de veintidós siglos, pero de tal evidencia es difícil extraer conclusiones muy precisas.
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